Comunicación & Teoría Crítica



Para 1923 un grupo intelectuales funda el Instituto de Investigación Social asociado a la Universidad de Frankfurt, Alemania. Entre aquellos académicos se hallaban el filósofo

Max Horkheimer (1895-1973) y el economista Friedrich Pollock (1894-1970). Esta escuela se convirtió en la primera institución alemana de orientación abiertamente marxista, siendo su objeto de estudio inicial la comprensión de la economía capitalista y los movimientos obreros.

 

Con la llegada de Hitler al poder, el instituto se ve obligado a mudar sus estudios más allá de la frontera alemana. La Universidad de Columbia (Estados Unidos) resultó ser el único lugar estable para los investigadores exiliados, y allí se incorporan otros académicos a la escuela, como el filósofo Theodor Adorno (1903-1969), una de las figuras destacadas.

 

Fue a mediados de los años cuarenta cuando los académicos Adorno y Horkheimer crearon el concepto de industria cultural al analizar “la producción industrial de los bienes culturales como movimiento global de la cultura como mercancía” (Mattelart, M y A., 1997, p. 54).

 

El término fue empleado por primera vez en su texto Dialéctica del Iluminismo (1944), para reemplazar el concepto de cultura de masas y evitar la interpretación de que es una cultura que surge espontáneamente de las propias masas.

 

El objetivo del nuevo concepto es dar énfasis al consumismo presente en la producción de esos bienes culturales adscritos dentro de un modelo capitalista que persigue el fin de lucro y el consumo como objetivo principal.

 

La participación en tal industria de millones de personas impondría métodos de reproducción que a su vez conducen inevitablemente a que, en innumerables lugares, necesidades iguales sean satisfechas por productos standard. El contraste técnico entre pocos centros de producción y una recepción difusa exigiría, por la fuerza de las cosas, una organización y una planificación por parte de los detentores (Horkheimer y Adorno, 1944, p. 58). 

El punto de partida de esta teoría es la economía de intercambio, en donde conciben que  “la técnica de la industria cultural sólo ha llegado a la igualación y la producción en serie, sacrificando aquello por lo cual la lógica de la obra se distinguía del sistema social” (Horkheimer y Adorno, 1944, pp. 57-58).

 

Según explica Gian Enrico Rusconi en “Teoría crítica de la sociedad” (1977), “a través de los fenómenos superestructurales de la cultura o del comportamiento colectivo, la Teoría Crítica intenta penetrar el sentido de los fenómenos estructurales, primarios, de la sociedad contemporánea, el capitalismo y la industrialización” (Rusconi, 1977, p. 38).

 

Este sistema condiciona el proceso de consumo, así como la autonomía del consumidor: 

La máquina de la industria cultural rueda sobre sí misma: es ella quien determina el consumo y excluye lo que es nuevo, lo que se configura como un riesgo inútil, al haber concedido la primacía a la eficacia de sus productos. (Wolf, 1987, p. 95). 

La industria cultural se presenta entonces como un sistema en el cual se obtiene un cultura generada desde los métodos de serialización, estandarización y división del trabajo (Mattelart, 1997) como modo de producción. Dentro de este sistema, quienes trabajan en él suministran explicaciones tecnológicas, como que es el mercado de masas quien “impone estandarización y organización; los gustos del público y necesidades del público imponen baja calidad” (Wolf, 1987, p. 94).

 

En este contexto, este enfoque manifiesta la coherencia de una escuela de Pensamiento que critica un mundo en el que la instrumentalización de las cosas acaba siendo la de los individuos. Lo cierto es que “los productos de la industria cultural pueden ser consumidos rápidamente, incluso en estado de distracción” (Horkheimer y Adorno, 1944, p. 65). 

 

Dentro de la industria cultural, el individuo ya no es autónomo en los procesos de decisión, lo que se manifiesta en conflicto constante de impulsos y conciencia que culmina con la adhesión acrítica de los valores impuestos. El consumidor, entonces, se vuelve objeto de la industria, perdiendo su soberanía (Adorno, 1967). 

 

La individualidad es sustituida por la pseudoindividualidad: el sujeto se halla vinculado a una identidad sin reservas de la sociedad. [...] Si en el siglo XVIII el propio concepto de cultura popular, dirigido a la emancipación de la tradición absolutista y semifeudal tenía un significado de progreso, acentuando la autonomía del individuo como ser capaz de tomar sus decisiones (Adorno, 1954), en la época actual la industria cultural y una estructura social cada vez más jerárquica y autoritaria convierten el mensaje de una obediencia irreflexiva en el valor dominante y avasallador (Wolf, 1987, p. 96).  

 

En síntesis, los productos culturales (como películas, programas radiofónicos y revistas) manifiestan la misma  racionalidad técnica, es decir, el mismo esquema de organización y planificación por parte del management, que la fabricación de coches en serie o los proyectos de urbanismo (Mattelart, M. y A., 1997).

 

 

La crítica de esta escuela surge del hecho de que entendían la racionalidad técnica como la racionalidad de la propia dominación, como el carácter coercitivo de la sociedad alienada.

Para los teóricos de esta corriente de estudios, el terreno en el que la técnica adquiere su poder sobre la sociedad es el terreno de los que la dominan económicamente.

 

Autores Clave: Max HorkheimerLeo LöwenthalTheodor AdornoWalter BenjamínSiegfried KracauerHerbert MarcuseJürgen Habermas.

 

Referencias:

Adorno, T. (1967). Résumé über Kulturindustrie, in Ohne leitbild: Parva Aesthetica. Francfurt, Alemania: Suhrkamp.

Adorno, T. y Horkheimer, M. (1987). Dialéctica del Iluminismo. Buenos Aires: Sudamericana.

Horkheimer, M. (1974). Teoría crítica. Madrid, España: Amorrortu editores.

Mattelart, A. y  M. (1997). Historia de las teorías de la comunicación. Barcelona, España: Paidós.

Rusconi, G. (1977). Teoría crítica de la sociedad. Barcelona, España: Martínez Roca.

 

Wolf, M. (1987). La investigación de la comunicación de masas. Barcelona; Paidós.


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